El siglo XIX está considerado en la historia de la música como el siglo del Romanticismo. Se designa como Romanticismo al período que sigue al Clasicismo y por extensión a todo el siglo XIX, de Beethoven a Strauss. Este movimiento filosófico y literario en el que prima el sentimiento, lo imaginativo, la emoción, lo individual,… baña también el campo musical y se expande desde Alemania.

La diferencia sustancial entre este periodo y el Clasicismo estriba en que ahora, el compositor romántico se sirve de la música para expresarse, mientras que hasta ahora, la música se expresaba gracias a un compositor, que solo perseguía lo bello por lo bello exclusivamente, o sea, que tenía el concepto de la creación musical como un arte ornamental.

En lo social, el Romanticismo, que aparece después de la Revolución Francesa, aporta un nuevo modelo económico y una nueva clase dominante: la burguesía. Se extiende el proceso de creación y fundación de conservatorios, de hecho, hacia 1850, las principales ciudades europeas ya contaban con un centro donde se enseñaban las diferentes asignaturas musicales.

El romanticismo se caracteriza en lo musical por:

- Nuevos géneros. El Romanticismo recoge todos los géneros del Clasicismo, pero los amplía y transforma. Además aparecen nuevos como el lied, el poema sinfónico, el drama musical,…
- Tonalidades más distantes con las que el compositor obtiene una paleta de colores amplia. La armonía romántica es continuación de la clásica por medio del cromatismo, las alteraciones y las enarmonías, que llegan hasta el límite con la atonalidad.
- Riqueza y efusividad en los cambios dinámicos
- Al igual que en el Clasicismo, predomina la melodía, que ya no es tanto una línea formada por reglas y leyes estéticas, sino un vehículo de la expresión del sentimiento.
- Flexibilidad de tempo y rítmica con combinaciones diversas como las síncopas, tresillos frente a dosillos, puntillos como idea fija,…
- Se da prioridad a los sonidos cercanos a la naturaleza.
- El carácter de universalidad, pero también el sentido materialista del siglo XIX, supone la atracción por las grandes masas sonoras (grandes orquestas y coros).
- Gran búsqueda tímbrica, que estimula la exploración del campo sonoro de cada instrumento.

La música de cámara, a pesar de no ser tan espectacular como la “gran música” (ópera y música sinfónica), ocupa un lugar permanente en la vida diaria de la burguesía, conciertos privados y audiciones públicas. Se sigue escribiendo para todas las formaciones del anterior periodo pero la música de cámara con piano adopta el lugar que el cuarteto de cuerda, más intimista y equilibrado, había ocupado en el Clasicismo.

En estas décadas se independizan definitivamente los roles de compositor e instrumentista, hasta ahora desempeñados con frecuencia por un mismo individuo. Se produce igualmente una emancipación del músico de los estamentos de poder: iglesia y nobleza, entidades que hasta ahora mantenían la actividad musical profesional. En este siglo, la música se acerca más a la burguesía y al pueblo, haciendo más libre al artista. Prima ahora la individualidad frente a la globalidad totalitarista del racionalismo dieciochesco que dictaba las normas estéticas de lo bello. Esta individualidad toma su culmen con la aparición, a mediados de este siglo, del nacionalismo musical, que surge con intensidades diversas en los diferentes países y que busca exaltar una didáctica popular basada en la cultura autóctona de cada país.

Este es el siglo del instrumentista virtuoso, la creación de las escuelas nacionales de violín y las grandes salas de conciertos, la aparición del público y los críticos musicales, las grandes orquestas, las obras sinfónicas,… Encontramos igualmente un extraordinario momento fecundo de los tratados y estudiosos del fenómeno violinístico, de hecho, en ningún momento de la historia del instrumento han aparecido tantos métodos de violín como en la segunda mitad del siglo XIX.

Al comienzo del siglo XIX se produjo una transformación morfológica importante en el violín. Este cambio generó una sonoridad diferente, adaptable y enmarcable en el contexto de este nuevo periodo musical. El violín ha experimentado desde su aparición hasta nuestros días una serie de transformaciones para adaptarse a la música que se le escribía, al público al que iba dirigida y el lugar donde se interpretaba. Sobre 1830 se produjo un cambio sustancial e importante que consistió en alargar y modificar el ángulo de inclinación del mástil en relación a la caja. Como consecuencia de ello, se incrementó la tensión de las cuerdas, la elevación del puente sobre la tapa y la sonoridad del instrumento. En muchos violines anteriores a esa fecha, fue sustituido el mango original por otro aproximadamente 1 cm. más largo y con la inclinación adecuada. Además se creó la mentonera por L. Spohr que facilitó la sujeción y permitió a la tapa vibrar con más libertad. El alma se vio engrosada al tener que soportar cada vez mayor presión debido al aumento de tensión de las cuerdas, provocada por la inclinación del mango y la altura del puente. Por esta misma razón, la barra armónica también se vio reforzada. El batedor se alargó poco a poco para permitir al instrumentista tocar en los registros más agudos.

Centrándonos ahora en la nueva técnica violinística diremos que las dinámicas son extremas, se puede pasar de un ppp a un fff súbitamente; se utiliza una tímbrica más variada jugando con los diferentes puntos de contacto del arco, las velocidades y las presiones, además de utilizar digitaciones más altas en cuerdas más graves; se utilizan glissandos y portamentos imitando al canto como recurso expresivo; las grandes acrobacias armónicas de este periodo hacen que aumente la dificultad interpretativa al usar tonalidades lejanas, todo esto hizo imprescindible un cambio en el concepto de digitación recurriendo cada vez más a las posiciones pares; la gama de vibratos se hace más rica. Es importante destacar que si en el Barroco el uso del vibrato se consideraba un adorno excepcional, en el Romanticismo el uso del vibrato se hace de modo más continuo, y tiene su origen en la difusión de la música en las grandes salas de concierto, pues si vibramos, el resultado sonoro será mayor.